La Princesa Mononoke. Cuando la naturaleza se revela...

Del director Hayao Miyazaki no podía esperar menos que una gran historia llena de metáforas y fábulas que se sienten como auténticas críticas a cada uno de los aspectos que como humanos nos caracterizan. Si con Chihiro (que cronológicamente es posterior a la actual cinta que nos ocupa) encontramos una fábula sobre la codicia, la gula y una pincelada sobre los pecados, así como la importancia de la humildad, con Nausicaá giró, creo yo, a la manera tan egoísta con la que tratamos este planeta. Y en este último punto es donde me detengo. Si bien no es la primera vez que se aborda la envergadura sobre el cuidado al medio ambiente y las consecuencias que acarrearía una mala acción, existe un tercer título no oriental que me recuerda cómo la naturaleza se revela contra el hombre en una lucha por la supervivencia: El fin de los tiempos (Dir. Shyamalan, 2008). 

Ahora bien, con La Princesa Mononoke me encuentro, esta segunda ocasión que la veo y por tercera en la galería de animé con mucho valor, con una pieza de arte cuyo cuidadísimo guion es fruto de una mente brillante. Todo aquí es bello, todo aquí es un constante aviso sobre nuestras acciones, sobre cómo la violencia no resarce el daño, no corrige el error, no repara la equivocación. 

En esta ocasión el espectador se encuentra con una historia ambientada en el Japón medieval, donde conocemos a Ashitaka, el último príncipe de un pueblo que rápidamente se embarca en la búsqueda por salvar al vida debido a un misterioso demonio jabalí que busca arrasar con un pueblo. En un intento por proteger a los suyos, el muchacho queda impregnado con una parte de la "esencia" de este demonio. Resuelto a no morir por eso, el muchacho se compromete a encontrar al Dios Ciervo, único capaz de salvarlo, para evitar que la humanidad siga cosechando la muerte a su alrededor. 

Habría que hacer una pausa para entender la premisa principal de la trama sin revelar datos importantes para quienes no conozcan la historia. Nos referimos al título. Mononoke no significa, tal cual, "princesa", sino que refiere a la "princesa de los espíritus vengadores". Por esto, en el transcurso de la narrativa nos encontramos con diferentes ejemplos de espíritus -y dioses- que buscan hacer justicia ante las acciones del hombre, su ignorancia y por supuesto, miedo. Ashitaka y la Princesa del título en español deberán unir fuerzas para evitar una guerra de proporciones catastróficas. 

Hayao no se olvida de hacer comentarios, entre subtramas, a la violencia entre hombres y mujeres, donde el liderazgo lo tienen solamente los más fuertes, y donde las mujeres son tratadas puramente como trabajadoras. Adicionalmente, el director hace una crítica al modo tan irracional con que actuamos los humanos, anteponiendo las emociones sobre la racionalidad. Y mostrando el mal como consecuencia de la ignorancia y la espontaneidad. Tal matiz es atinado, y en muchas escenas plasmado como metáfora, en ocasiones grotescamente, en otras de forma divertida y en otras como algo fantástico, casi "sobrenatural". Lo más imprescindible de La princesa Mononoke, además de su discurso sobre el respeto al entorno y al medio ambiente, es la antigua idea filosófica sobre los ciclos de la vida, el cruce de lo físico con lo espiritual, las dimensiones y lo intangible. 


Valiéndose de una animación tradicional, resulta asombrosa la claridad narrativa de dos horas que termina sorprendiendo por su alto contenido simbólico sobre la naturaleza humana como arquetipo de violencia y falta de entendimiento. Esto, claro, aplicado a la mayoría. Aun con la violencia como primera respuesta, es esperanzador saber que pueden brotar sentimientos agradables como el afecto, la amistad, lazos humanos que se sobreponen a cualquier deseo de agresión y violencia. Si das agresión, obtendrás violencia, muerte; si das amor, las cosas renacen. 

En definitiva una cinta muy importante, bonita y valiosa en tiempos donde, justamente, el odio yace en cada esquina de nuestras vidas. Dependerá de nosotros, como lo es de Ashitaka, escuchar a la voz de la razón y obrar con bien. 

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