La lista de Schindler. La utilidad es salvación.

No habría manera de enlistar la miríada de películas dedicadas al Holocausto mundial. Bastan algunos ejemplos para señalar la visión de algunos directores sobre ese fatídico evento. Lo he dicho antes y lo sostengo nuevamente aquí: opino que la mejor cinta del tema es HITLER: el origen del mal. Es la única película preocupada por ahondar en la psicología del alemán más famoso del mundo, autor de incontables muertes y que, sin embargo, es objeto de estudio en todo curso de historia, además de un posible seguidor de Nietzsche. Esto último incomprobable. 

Ahora bien, La lista de Schindler no se queda atrás al luchar por ofrecer un esquema narrativo distinto al acostumbrado, un tono que vaya más allá de las simples matanzas o de mostrar la injusticia a los ojos de los alemanes. La obra de Spielberg, aclamada y con razón, me parece la obra precedente, en espíritu y matiz, a la posterior El Pianista (Dir. Polanski, 2003), más que nada por las injusticias ya mencionadas y por los breves y críticos pincelazos que se preocupan por retratar la pobreza, la profunda angustia y el miedo de los judíos. 

Puede que a esta película se le ve desde la perspectiva sociológica o incluso individualista; si somos optimista, podría tildarse de utilitarista, especialmente rumbo al final. Pueden ser carices nada más. Al final, La lista de Schindler es una historia de un hombre nazi que luchó para hacer lo correcto, aun a costa de su opulencia, y de los generales y representantes de Hitler a cargo de hacer cumplir el exterminio. Fue aquí donde percibí la cinta como una confrontación casi ideológica, donde como en Operación Valquiria (Dir. Singer, 2008) yace la voluntad de hacer la diferencia, movido por estímulos políticos que permean el sentido de la guerra. Aquí, si bien Spielberg se da el tiempo de elaborar su propio contexto y dar a conocer dos "frentes": la reclusión de judíos y el soborno de Schindler a sus "compañeros" nazis, lo cierto es que ocupa casi la mitad en convertir a la narrativa en una vicisitud entre sus metas y la matanza que no parece tener fin. 

La película goza, en el sentido más objetivo posible, de una auto-ironía que subyuga el terror visto en ocasiones, tiene un solo momento que raya en lo ridículo, y otros instantes dramáticos y típicos del ostracismo que únicamente nos encogen el corazón. Lo que en otras cintas del tema es un evidente interés por la explotación gráfica de las muertes, algo que nos ofreciera una dimensión sobre la gravedad vivida en la época, en Schindler es un cuidadoso retoque socialista -diría yo- por mostrar a un hombre que incluso con sus facetas que podrían rayar en lo inmoral, tuvo el suficiente coraje para hacer lo correcto. Spielberg deposita en el siempre digno Liam Neeson la construcción de un personaje cuya psicología se basó en ayudar al que le puede servir, sin ignorar los placeres de la vida, pero al final reconociendo que pudo hacer más, mucho más. 


Neeson y Ralph Fiennes estelarizan la cinta, y sus presencias en pantalla pueden tomarse como dos bandos de una misma moneda, como contrapartes de lo que está bien y de lo que es necesario. A veces discuten, otras se organizan; finalmente se trata de dos hombres en posiciones contrarias que hacen lo que pueden conforme a sus principios y órdenes. Qué decir de varios diálogos, con una capa psicológica un tanto más profunda de lo que cabría esperar. Ante todo, La lista de Schindler es un emotivo relato que peca en uno que otro detalle pero que pone en alto el símbolo de la esperanza por debajo de la crueldad, casi como una alegoría de su levantamiento, como enunciando que las cosas pueden mejorar por más mal que estén en un momento dado. Bravo. 

Comentarios

  1. Dos cosas previas: Uno; no sé si la biopic de Hallmark sea la única en ahondar la psicología del austriaco Hitler, seguro debe haber una o dos más por ahí... y dos; hay más alemanes famosos como Goethe, Nietzsche, Carlos V (que además es chocolatoso), Richard Wagner y otros más en todos los campos del desarrollo humano. (Ahh, y Hitler no podría ser seguidor de Nietzsche por una simple razón: era un ferviente religioso y supersticioso que consultaba adivinos y mediums como parte de sus estrategias logísticas).

    Ahora, yo sé que el tema de la Segunda Guerra Mundial suena a atole viejo y todavía más rancio el del Holocausto, pero la razón por la que se posterga esa propaganda tan consistentemente es una sola: Hollywood es una industria judía.
    Al igual que el director en curso, Spielberg y su visión personal e intimista del evento histórico, pues algunos de los sucesos están retratados directamente de anécdotas familiares.
    Se apoya mucho de la veracidad comprobable —al menos en lo testimonial— de algunos eventos asociados a estos personajes de la vida real y sus circunstancias. Algo que intenta manifestar al editarse en blanco y negro, dotando de sobriedad y crudeza todos los eventos con intención emocional de “documentar” in situ.
    Y eso se debe a que una de las mayores cualidades de Spielberg como director es su sensibilidad emocional: lo vemos en The Purple Color; ET, Empire of the Sun por mencionar algunas comparaciones. Ante ese talento indiscutible de poder transmitir en la toma el valor emocional que debes sentir, es fácil entender por qué fue con ésta que recibió su primer Oscar, algo que le debían desde los ochentas. Y ese ojo sensible, convierte una gastada lección de historia en una vivencia íntima y entrañable al derramar cada gota de empatía posible durante todo el viaje.

    Por el lado de las actuaciones son prácticamente en su totalidad soberbias y sin mácula, incluyendo a Kingsley, Goodall, Macolla, Davidtz y Sagall, pero especialmente Fiennes; quien construye con una imponente identidad propia a un sujeto totalmente desquiciado de poder y cuya desbordante ignorancia lo vuelve peligroso. Sin embargo esto no lo hace despiadado y genio del mal, sino víctima sistemática de su falta de juicio, su corto entendimiento del mundo, su perversa falta de empatía y el brainwash político al que se sometió una nación entera.

    Sí, Schiller en las manos de Neeson es humano y heroico a la vez, pero quizás porque su vaivén entre los dos lados del tablero no parece terminar de concretar esas motivaciones es que no hace el click que logra el excelente antagonista.
    Schiller también funciona como metáfora de las Fuerzas Aliadas, como espectadores pasivos ante el exterminio masivo, manteniéndose al margen el mayor tiempo posible. La dura crítica se deja ir con toda se rabia a través de una niña destacándose entre la multitud como augurio de muerte y desolación.

    Quitando del marco la evidente propaganda judía, así como la denuncia de dicha comunidad, la película es un ejercicio soberbio de cinematografía, cuya maquinaria no deja de dar señales concisas a través de símbolos y referencias talladas minuciosamente en los espacios del celuloide que rodean una historia ya conocida, pero presentada a través de un protagonista silencioso y lleno de aflicción. Ejecutado con tal maestría que ya no podía uno voltear a otro lado e ignorar lo que desde la decada previa se venía perfilando hasta hacerse indiscutible: que Spielberg es uno de los mejores directores de su generación.

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