Voraz. Bien que quieres comerlo.


Tengo que ser honesto y reconocer que estuve a punto de salirme de la sala; vomitar habría sido más práctico supongo. Y es que tras ver Voraz me queda claro que si la cinta no está en cartelera comercial es porque, debido a su tono y la ascensión dramática de sus personajes, con todo y el sentado desarrollo psicológico, fácilmente deja muy atrás a películas como El Demonio Neón, no por si acaso llegan a conjuntar sus tópicos -que no es el caso-, sino por la gravedad y la resonancia con que los abordan.   

Y este tratamiento es el que nos pide sacudirnos con justificada violencia emocional las múltiples escenas que la proyección desborda ante nosotros; estamos ante la cinta que carga con el más escatológico sentido social, por instantes religioso, pero más que nada, intra-familiar. Quizá por eso la directora Julia Ducournau logra con Voraz una metáfora sobre la abstinencia, que de ignorarla, nos transforma en monstruos; de seguirla, prestamos atención a nuestra naturaleza, sin importar el cariz social. 

Y justamente por las consecuencias -que terminan por categorizarse como una condición genética- vemos la ascendencia biológico-emocional de un personaje que puede tildarse de atroz en muchos sentidos; lo gráfico es una prestación que se impone y por lo mismo puede resultar abominable, o en el mejor de los casos insufrible. Y además de que "goza" (si así queremos llamarlo) de efímeras imágenes que pueden coquetear con lo onírico, diría que se aproximan más al tema de los deseos subconscientes que otra cosa, o también, a la conmiseración espiritual, como una manera de recalcar la disparidad de pensamiento en que Justine cae al seguir sus instintos voraces y no los designios familiares. Una suerte sería pensar que la cinta se rige bajo leyes psicosomáticas porque, si ése fuera el caso y objetivo de la producción, entonces sería mucho más lógico todavía pensar en la cinta como una alegoría de lo que somos y no podemos ser, pero que cuando lo somos, la sociedad nos arroja las consecuencias en la cara. 

No hay escena de más que no nos grite la cobardía que llevamos dentro, como signo de desintegración en el que tememos hacer caso al instinto, por más poderoso que éste se vuelva. Y cada ejemplo de naturaleza e instinto, como lo señaló en su momento en biopsicólogo Francis Galton, está en un eterno debate que nos transgrede y atormenta cada momento de nuestras vidas. Y en la cinta la lucha es presentada a partir de escenarios rojos (color de la pasión) y una música compuesta por Jin Williams como lo más sugerente que he visto en una película en los últimos años, pues además de que puede apreciarse como mórbida -por decirlo menos, de nueva cuenta-, es sin duda electrizante y muy adecuada para los fines en las escenas en que es insertada. 

Al principio la historia nos expone a Justine (Garance Marillier) como una joven con intenciones de graduarse como veterinaria, especialmente por influencia familiar, hasta que determinados eventos en la universidad a la que entra la orillan sutilmente a descubrir su insaciable apetito por la carne, un apetito sin limítrofes aparentes. Y son esas escenas lo más grotesco; si pudieran llamarse violencia gore, apostaría a que se trata de un tono bastante ligero, pues aunque no dejan ser efectistas y hasta horripilantes en casos realmente elaborados, tienen en su mensaje un espejo que nos relata, en susurros, nuestra verdad interior: somos monstruos que devoran todo a su paso. 


Sin embargo, contento y más tranquilo estaría si dijera que es el único arco narrativo de la cinta, pero debo admitir que no es así y el contexto personal de la protagonista es más elaborado, evidente, pero no es para nada simple. Justine tiene la meta de ser veterinaria. ¿Por qué? Para escapar de la carne. Su familia es estrictamente vegetariana, ¿por qué mostrar con tanta crudeza la imposición que viven ella y su hermana Alexia (Ella Rumpf), cuando ésta ha aceptado el camino y Justine está por hacerlo también? 

La película esconde un secreto que es revelado en el momento más rotundo de la cinta, cuando las piezas se acomodan y entendemos todo. Así, mientras Justine busca darle sentido a lo que experimenta, lidia además con los "desacuerdos" de su hermana, breves momentos familiares que nos dicen cómo son sus papás y, por el lado social, las cotidianas máscaras que enfundan el deseo sexual incipiente, propósito del que se sirve Ducournau para enfatizar el surgimiento voraz de Justine. 

Al final, puedo expresar que es una cinta verdaderamente densa, que tiene su belleza tanto en lo grotesco como en lo emocional. No es una cinta para cualquiera y dado que la sobreviví por milagro, puedo darle mi positiva apreciación al decorar las metáforas con ingentes y pesadas escenas gráficas. 

La temática es lo mejor. 

Pero puede que, particularmente dos escenas, sean las que te quiten el sueño por más de dos días. 

Comentarios

  1. "[..] tienen en su mensaje un espejo que nos relata, en susurros, nuestra verdad interior: somos monstruos que devoran todo a su paso." Sin intenciones de ensordecer, pero con pulso firme como esa guitarra acústica que en su melodía va construyendo un retrato al que el tirón de una nota baja le cambia la cara, la revela su identidad turbulenta, así se constriñe esta temática alrededor de nuestra consciencia.
    Será acaso más por el aire europeo, íntegramente alejado de la parafernalia porque no hay esa tirada comercial de la que hablas, pues como ocurriera con La Bruja, el vendedor con saco rojo a Película de Terror salió faltando a su palabra al no poder seducir a un público entumecido en el vaho de su estupor con el motor de estas historias: el siniestro.

    La expresión arrebatada de Justine a la supresión de sus instintos es desproporcionada en contraste a la reacción natural de la mayoría, pero no deja de ser inquietante saber que de una forma u otra vemos ahí nuestras culpas, nuestras faltas, nuestros deseos, y uno va tratando de cambiar sus impulsos sobre… otro más. Pero me resulta brutalmente acertado que denuncie esa opresión para con el género femenino, que ni en el “primer mundo” se escapa del juicio coralino de la sociedad.

    La parte onírica es la de mayor fuerza a mi parecer (no tanto el gore), personalmente el sueño del caballo me sacudió, al ver esa banda sin fin obligando al instinto a ir más allá de lo que puede, sin meta, sin destino, sin guía, sin sentido, con el jadeo sugiriendo una súplica por ese fin que no llega, después de ese estrés lo único que queda es explotar: ya sea en cuerpo o alma. Y Justine lo hace, se desboca hacia su deseo y lo explora y lo disfruta hasta que las consecuencias de sus genes rayan en el horror.

    Sin duda es una cinta de nicho, bella y brutal.

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