Asesinato en la Casa Blanca. Atrápame, si puedes.

Como individuo de las nuevas generaciones, lo primero que pensaría es que Asesinato en la Casa Blanca (Dir. Little, 1997) tiene todos los clichés -o escenas vistas- de las películas que combinan misterio, crimen y acción al gusto, pero lo cierto es que si algo nos ha enseñado el cine actual es que resulta sumamente difícil superar lo hecho hace 10 ó 20 años. Esta película es una de varias pruebas al respecto. Pensemos en Mentiras verdaderas (Dir. Cameron, 1994), o Policía del Tiempo, de ese mismo año, dirigida por Hyams. Aunque salto un poco entre géneros, estas películas citadas son buenas ejemplos de guiones bien escritos y de una trama que, aun a pesar de que se ve previsible en los detalles, presenta una narrativa sólida y que guarda lo mejor para el final. Y como éstas, Asesinato en la Casa Blanca goza de una trama vertiginosa embadurnada de personajes fuertes, psicología definida y motivaciones que son tan claras como intrigantes. 

Es por esto que, encabezada por dos buenos actores como lo son Wesleny Snipes y Diane Lane en la que creo es una cinta que engloba y desglosa hábilmente sus talentos, y detalle que es fundamental para sentir inmersión en la historia; cada uno con una trayectoria respetable, Asesinato en la Casa Blanca es una emocionante cinta de intriga, sospechas, traiciones y ligeros toques de comedia para aderezar el asunto. Y porque, contrario a lo que se podría pensar de algunas películas de toque clásico y ligero en Hollywood, como Un regalo para papá (Dir. Benjamin, 1994), con la que ahora nos ocupa estamos ante un filme del tipo que no revela sus cartas desde el inicio; es una narrativa sencilla, especial, inextricable y elevada a la vez. 

Sencilla porque estamos ante una trama que busca profundizar en algo simple: ¿Quién cometió el crimen y por qué? Y a raíz de la fórmula que sigue a las película del género, nos encontramos con que el héroe, en este caso, un detective, debe sortear los diversos obstáculos para poder dar con la verdad. En este punto, Snipes es muy creíble como Regis, mismo caso para Lane como Chance, sin embargo, en ella recae el hoy llamado sex appeal en una cinta que obedece a las leyes de la acción, el misterio y la geopolítica como telón de fondo, como excusa contextual. 

Es claro que la película se disfruta, que profundiza, en distintos momentos, sobre las consecuencias de desafiar el estatus y el poder (para ejemplo, la escena donde Regis le confiesa a su contacto de la casa Blanca que el presidente es su principal sospechoso), y por ende, la reducción de alternativas ante el principio axiológico sobre el que se sitúa la cinta desde el marco legal: el modo americano, la verdad y la justicia. Y no es que se trate de aspectos realmente trascendentales -para su época lo fueron-, más bien hablamos aquí de la mitificación de un pensamiento que, teóricamente, permanece vigente. Y ese ahínco por mostrarlo en una película como esta, se convierte en algo especial, especial por ser común para el proceso de identificación, y especial porque no parece ir más allá de la naturaleza imperante de la cinta. No, respeta su esencia y la defiende. Ahí lo especial. 


Y seguido de eso, tenemos los giros de tuerca, algunos con la imaginación correspondiente a películas más recientes como La leyenda del tesoro perdido (Dir. Turteltaud, 2004), donde el misterio se combina con la capacidad de asombro, secretos inesperados en su temporalidad, y la aventura, endulzada con el vértigo narrativo. En estos giros de tuerca, que si el espectador no se despabila, pueden perderlo, revolcarlo, confundirlo; ahí lo inextricable. 

No pierde su esencia, no pierde la magia de la narrativa, y aquí, como lo mencioné casi al inicio, se emparenta con la cinta estelarizada por Vam Damme, donde la urgencia del protagonista por hacer justicia ante un crimen no descubierto hasta entonces, se convierte en la nueva clave para liberarse. Y eso, eso es realmente valioso. No es, desde luego, una obra maestra, pero sin duda la colocaría en la categoría de cintas disfrutables, emocionantes, calculadoras, con pistas que seguir y con un crimen que resolver. Y porque Snipes y Lane se sintieron cómodos actuando en ella

Es, en definitiva, una buena cinta. Entretenida, emocionante, con su grado justo de elementos como amor, espionaje, aventura, balazos, persecusiones incanzables, todo lo que una cinta de acción necesita. 

Mi único problema sería es que, de nueva cuenta, presenta argumentos que la acomodarían con la filosofía política de Nicolás Maquiavelo.   

Comentarios

  1. Ciertamente el paso del tiempo hace más y más difícil la originalidad, especialmente en la modernidad del siglo XX porque casi sin detenerse se han estado escribiendo y re-escribiendo las reglas del juego con tal velocidad y de nutrido verbo que los libros se llenan antes de que tiren el siguiente árbol de dónde sacar papel.

    Vale la pena resaltar que para el año ésta fue una película inusual: estamos hablando de una película de acción con un protagonista negro y una mujer. Directo al corazoncito del hombre blanco. Y si no fue un éxito comercial es lo de menos, dejó su huella en el camino de la inclusión. Y no es que fuera la primera, pero si HOY, veinte años después el imperio hombre-blanco sigue siendo un coloso de sombras maquiavélicas, ¿cómo se percibía tiempo atrás? Pero no es indestructible y tiene varias heridas, es sólo cuestión de persistencia para finalmente hacerlo caer... a ver si en otros veinte años.

    Eso de la trama sencilla, es cierto pero no es sinónimo de pobre, tal vez de corta envergadura porque no sobresale, es asertiva y aprovecha su escaparate para intentar una reflexión que si no se alcanza a leer, al menos la viste de pasada. Algo de lo que muchas propuestas más actuales carecen.

    Personalmente no veo ningún problema con los argumentos filo-políticos, al final muchos de estos ejemplos son parte de un compendio de obras que denuncian el exceso del poder y la soberbia humana. Con un poquito de consciencia, uno no puede ver ese tipo de personalidades como algo bueno.

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