Crítica a Gladiator

En el año 2000, el director de grandes clásicos como Alien y Blade Runner, nos deleitó con la épica Gladiator.

Así como Darren Aronosky se centra en historias sobre personajes fuertes o de compleja psicología, Ridley Scott parece ocuparse en realizar -eso sí, estupendamente- historias profundas, llenas de corazón y valor, pero situadas en contextos históricos. No de todas es el caso; Alien la estrenó en 1979, que prácticamente innovó el género del terror situándolo en un contexto original: el espacio; más tarde Scott nos ofreció Blade Runner (1982), por mencionar dos de las más importantes, porque si algo tiene este director, es que ofrece historias que se convierten rápidamente en clásicos perdurables en la historia, tanto de la humanidad como del cine. 

Esta virtud, la "perdurabilidad", es justo la que encontramos en Gladiador (Gladiator, 2000), cinta que por su estructura narrativa, por sus personajes, las actuaciones, complejidad socio-política y, valga decirlo, por su fotografía, es que es recordada como una de las cintas más aclamadas en años. Reconvenía, y re-establecía con amigos y maestros el concepto de clásico: una cinta que posee elementos comunes con los que el público puede identificarse, pero mezclados de tal forma que trascienden la historia y el tiempo, convirtiéndose en un referéndum inmortal. Esta cinta, dirigida por Ridley Scott y protagonizada por Russell Crowe y Joaquin Phoenix merece entrar en la categoría. Habrá quienes la consideren más arriba o quienes simplemente coincidan conmigo. 

Con su estructura narrativa (realización del guión), esta película sirvió de inspiración para infinidad de historias posteriores, ya que en esta apreciamos la vida del general Máximo Décimo Meridio, general del ejército del Norte, que recibe la petición del emperador Marco Aurelio (Richard Harris) de salvar a Roma de la corrupción y convertirla en una República, pero cuando su hijo Cómodo (Joaquin Phoenix) descubre sus intenciones, toma cartas en el asunto, controlando a su pueblo y afectando la vida de Máximo. 

Con los elementos narrativos magistralmente colocados -producto de un guión formidable-, Gladiador nos brinda una histórica épica: un soldado que es forzado a ser esclavo y que su sed de justicia y buen juicio lo llevan a superar cada prueba puesta en su camino para pergeñar la misión que una vez su emperador le asignó; nos ofrece un drama clásico: la vida de un grandioso soldado que sobrevive a la muerte de su familia pero cuyo coraje lo mantiene en la rectitud para que finalmente encuentre la paz; nos ofrece metáforas políticas (¿que no es el gobierno el principal servidor de un pueblo?) o ¿qué tal las sociales? (darle espectáculos al pueblo para "distraerlos" de la corrupción y maldad que se cierne sobre ellos); la vida de un individuo con sólidos ideales cambió un pueblo histórico, un pueblo que le brindó, incluso al mundo de hoy, enseñanzas inmortales. De entre las subtramas de amor, que al final cierran con destreza la película, tenemos el pasado entre Lucila y Máximo; la tensión de amor que se vislumbra en estos personajes le otorga una dimensión a un profundo ámbito de corte social, un camino que tiene ligeros tintes de amor trágico y nostálgico, pero que en última instancia encuentra su cauce en el valor de la justicia, el honor y el coraje de hacer lo correcto, aun en las peores circunstancias. 

Gladiador, de Ridley Scott, se basó tanto en la historia originalmente escrita por David Franzoni (quien fue responsable de los primeros borradores de la cinta), como en la obra de Daniel P. Mannix. Puede que mucha traslación de las historias nuble la columna vertebral de lo que aquí se cuenta, pero la verdad lo hicieron muy bien. Con una historia sencilla, como algunas hoy día, en Gladiador Scott tiene el espacio, la oportunidad de contarnos una historia de trascendencia humana, con referencias a la literatura clásica, a la filosofía misma y, demasiado evidente, a la política por defecto. 

Y mientras que con la fotografía aquí expuesta gozamos de excelentes tomas y ángulos muy bien preparados y diseñados (hecho que habla muy bien del nivel de producción hace algunos años), en la música, hecha por el que hoy es considerado uno de los compositores más reconocidos: Hans Zimmer, en dueto con Lisa Gerard, dirigidos en la orquesta por Gavin Greenway, la música acompaña con soltura y emotividad el filme que aquí se nos presenta -o presentó, si metemos la cronología-, logrando un producto impecable tanto en manufactura, actuaciones, guión, e importante añadir: diseño de producción y vestuario. 

Para los más fervientes de la literatura clásica y la historia universal, seguramente encontraron, cuando vieron la película por primera vez, referencias a El anillo de Nibelungo de Richard Wagner y una más elaborada, pero no menos importante, como lo es El príncipe de Egipto. Mencionado esto se podría pensar que la narrativa pudo calcarse, tanto en el sentido de lo épico como de lo histórico, pero es sólo que nos encontramos con un verdadero elemento común: su director. 

Gladiador es un clásico, es una historia recordada, ya sea por los eventos que procura reflejar, metáforas o referencias, como una aventura personal, colectiva y familiar, como la vida de un hombre que mantuvo sus principios hasta el final, que le demostró a un pueblo el poder del cambio y que en esta vida, las cuatro virtudes básicas (las cuales se enseñan aun hoy día en filosofía) son valores realmente importantes. Gladiador, bajo la mirada de Ridley Scott y con el liderazgo actoral de Russell Crowe, es una historia conmovedora y valiosa de principio a fin. 

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