PERSONA. "Nuestro temor a la extinción".

Ingmar Bergman. Su solo nombre debe decirlo todo. Una de las figuras más reconocidos del séptimo arte entregó, en 1966, la que considero la cinta más filosófica sólo después de clásicos como Metrópolis, por mencionar uno. Bergman, considerado un paradigma por su profundo sentido de la vida y un genio cinematográfico, encuentra en Persona la oportunidad de cavilar sobre la identidad humana para retratar la psicología y, si se permite, la vida misma, una especie de reconocimiento personal, una forma para identificarse por medio del prójimo y, tal vez, ver aquí un proceso que permite al espectador entender lo que la protagonista vive: miedo, envidia, inseguridad, curiosidad; es un espejo de lo que somos, una forma de imitar y externar nuestro miedo más profundo; como idea que encierra polos opuestos, plasmado en diálogos tan simples como complejos, un bello ámbito que lo ayuda a desenvolver esas geniales ideas que le llegan.

Y esto que intepreto es solamente la superficie. Hay lecturas más profundas en la rica simbología compartida por Bergman. En Persona entrega un ensayo reflexivo sobre el ser humano, interior y exteriormente; con los diálogos nos embarca en una especie de identificación emocional humana, mientras que con las miradas, los gestos y los escenarios nos introduce en una especie de catarsis donde lo bueno y lo malo en la historia de la humanidad yacen de manera natural polarizando los rincones más profundos de la naturaleza que nos caracteriza; o un espacio para enseñarnos cuánto nos reprimimos y cuánto tenemos ser lo que somos, lo que podemos ser y lo que se nos dicta ser.

Lo más destacado que veo en la cinta es el uso de la psicología clínica en las escenas como un método para externar el contraste entre una persona que expulsa todas sus emociones (que simplemente es) y la que retiene todo (la que teme ser), observa todo y analiza cada momento de su entorno. En este punto, creo que se requiere de mucha paciencia para entender algunas imágenes que Bergman nos lanza de improviso, como alegoría inesperada, por decirlo de alguna forma. Otra forma de reconocer las múltiples lecturas que puede ofrecer esta terapia fílmica que, si le damos tiempo, puede ofrecer frutos inesperados.

Gran parte de la cinta se mueve en diálogos, muchos de ellos alabando la importancia del arte como vehículo humano de existencia, de sentido, de exploración, de reconocimiento de lo que somos, y también de los constructos sociales que diariamente nos forjamos. Todo ello a través de la metáfora del enfermo y el velador. Mientras el primero es cuidado por el segundo, mutuamente se conocen, a diferentes niveles y en distintas maneras. Lo que uno tiene el otro lo desea, uno es el objeto de curiosidad del otro, una manera de extrapolar los sentimientos, de manifestar gestos, más cuando sabemos que nuestra especie es finita, y cuyo final lo buscamos, inconsciente y desesperadamente, en la destrucción de nuestro entorno, miremos a donde lo hagamos, vemos una decadencia humana, y las dos caras de la moneda, vida y muerte, profundidad y vacío, están ahí. Persona las plasma bien.



En su casi hora y media nos lleva de la mano de dos mujeres (Elizabet Vogler y Alma), quienes conforman el sustento aquí expresado, el de la decadencia humana, o mejor aún, el de cuestionar cuál es nuestro propósito en la vida, por qué hacemos lo que hacemos o quiénes somos y por qué somos así. Rumbo a su final puede que genere dudas psicológicas ligeramente distintas a las iniciales, pero independientemente de eso, Persona apela mucho a la filosofía moderna, cuyo centro es el ser humano en su esencia cognoscible. Vale la pena seguir de cerca la profundidad metafísica y humana que la película muestra sobre esto. Porque esto apenas comienza. 

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