La Bella y La Bestia. Un cuento que recrea... e imita.


Entre los llamados live-action de Disney, éste sin duda fue uno muy esperado. Estoy al tanto de que hay polémica (que si Disney se obsesiona, que si el elenco no cumple, que si la historia no llena o decepciona, que si Hollywood...), de que hay curiosidad y asombro; si la adaptación funciona o no es un misterio que permanecerá en la boca de todos por varios días, sino semanas. En lo que respecta a mi función, al terminar los créditos la sala entera silbó y aplaudió. Las expectativas pendularán al final en una de dos direcciones: o satisfacción o decepción. En mi caso me coloco en un peligroso punto medio tirándole al primero: la satisfacción. 

Satisfacción, por un lado, porque paradójica e irónicamente, la historia me entrega lo primero que pido en cualquier adaptación: fidelidad a la historia base. La tengo. La esencia y gran parte de la magia la recibo de esta cinta dirigida por Bill Condon. Ni más ni menos. Satisfacción, por el otro, porque la película toma ligeros riesgos en separarse, sutil y naturalmente, de la versión animada de 1991, con el propósito de darle realismo a una historia cuya fábula es una de las más "adultas" posibles. El guión permite que dichos cambios apenas y luzcan como añadidos y que, las adiciones más polémicas, se conviertan en detalles como para decir "Ah, era eso. Qué bien...". 

Es probable que me digas que no veo agujeros donde sí los hay, o que incluso "la sobrevaloro" y puede que tengas razón, pero ¿sabes? A diferencia un poco de Maléfica (Dir. Stromberg, 2014) y quizá El Libro de la selva, en La Bella y la Bestia estamos ante un tipo de recreación cuya mayor fuerza se encuentra en el musical, en el despampanante diseño de producción, vestuario, y más que otra cosa, en una historia "en vida real" que procura honrar el material fuente. El musical se compagina a la perfección con los demás elementos siendo su relación con los puntos de tensión naturales y creíbles la carta fuerte sin sentirse estremecedora. Si bien en Maléfica hubo cambios que prometieron contar la verdadera historia de la protagonista, con la trama de Mougli, por ejemplo, teníamos una fábula sobre los males que el poderío del hombre puede generar; en La Bella y la Bestia hay moraleja, sí, pero se vuelve evidente que la prioridad es la narrativa de los acontecimientos vistos en la versión de 1991, la historia de un hombre que aprende a amar, la historia de una bella e intelectual chica que encuentra el amor en el ser vivo menos esperado. 

La cinta ofrece uno que otro chiste natural sin entorpecer nada, logro en gran medida por el acertado elenco de la historia, al permitir que el talento de los actores luzca por sí mismo en determinadas escenas. Sin embargo, también es palpable en ocasiones la repetición de diálogos o movimientos como si de aprenderse de volada el libreto se tratara; en este sentido el villano interpretado por el siempre carismático Luke Evans se lleva mis aplausos. La edición dialéctica en varias escenas (la sensación de "escupir" el diálogo sin un sentimiento narrativo) por instantes rompe con la magia que la película construye gradualmente. Es satisfacción ver la fidelidad plasmada en imágenes reales, también lo es el esfuerzo actoral de cada integrante: desde la bella Emma Watson, Dan Stevens como la Bestia y Luke Evans como Gastón. En términos de dirección del papel a la imagen, mi "¡pero!" recaería un poco en Watson, ya que por instantes la percibo más automática que natural; canta bien, eso sí. Porque, aun cuando disfruto y presencio la fidelidad, o como algunos la llaman, la "calca" de escenas y diálogos de lo previo a lo actual, puedo pensar como cualquier otra persona "¿Y dónde quedó la magia? ¿Hay algo del espíritu original de la cinta animada?". Parecería que es una maldición: si tiene espíritu, es una obra inexacta pero con mucho homenaje; si es fiel y milimétricamente idéntica, es desangelada. No creo que deba juzgarse así (se terminará viendo de esa forma, lo sé); sin duda es una película que fiel, idéntica o diferente, se disfruta por igual.

Bien por la recreación, los encuadres, las tomas, el diseño de producción, la construcción visual del castillo, de los distintos personajes encarnados por Ian McKellen, Ewan McGregor, entre otros (sinceramente no me imagino mejores actores para personajes como Lumiere y Din Dong). Bien por el debate intelectual entre Bestia y Bella, lo que conduce a la recreación un poco diferente de un momento clave por ahí (cuando veas la película, me entenderás), aunque tache por la reducción de otras escenas que en la versión animada otorgan gracia y comodidad a los momentos tristes, otro factor del que mesuradamente goza esta adaptación. Y sobre el momento que yo deseaba ver especialmente en pantalla, sale, pero distinto, omitiendo el impacto emocional que tiene la película animada. Era de esperarse...

Satisfacción por la fidelidad narrativa la tengo y por los acontecimientos clave también; aplauso y reconocimiento por la construcción de los personajes (aunque a veces sobreactuados), pero definitivamente mi decepción por lo robótico de los protagonistas en algunas escenas. Canciones nuevas y canciones viejas; espíritu, alegría y energía, cambios en beneficio del realismo que la cinta nos brinda, especialmente en su clímax, momento en el que pensé que Disney dejaría su lado infantil para ofrecer una cinta oscura y dispareja en comparación a la original, hasta que nos regala un giro honestamente espectacular, callando bocas


Por mi parte agradezco el cuidado que se tuvo al respetar la esencia de la historia para recordarnos que la belleza se lleva en el interior. Definitivamente el factor nostalgia nos orilla a mirar con ojos expectantes esta adaptación, que puede encantar y desencantar a fans y a detractores por igual.  

Por lo pronto, Emma luce hermosa y casi me creo que es Bella salvo por los momentos dramáticos donde, a pesar de su talento y esfuerzo, no veo al personaje en ella por razones nimias -y donde se recurre a azules opacos para acentuar el dramatismo en un inesperado trasfondo psicológico-. Dan Stevens, con su elegante acento británico, dota de un misterioso carisma y aura impotente a la Bestia, mientras que Evans nos da el Gastón arrogante, vanidoso y galante que esperábamos (un poco escuálido en comparación, eso sí). 

Venimos a verla por la nostalgia, por el gusto de ver a Emma entrar en otro tipo de roles, por ver cómo Disney se encierra en la excusa de retomar viejos clásicos por motivos económicos (¿realmente lo necesita?). Será justo esa nostalgia la que nos lleve, la semana entrante, a ver cómo quedó Power Rangers.

Comentarios

  1. El gusto de ver a Emma Watson es tal vez el gancho más popular a la hora de atraer público, especial aquellos que no tenían ni el más remoto interés en la fábula, ni de la versión animada en referencia o culaquier otra.
    Incluso se me señaló desde otros ángulos como uno de los mayores aciertos de esta versión. Y cabe reconocer dicho acierto, tristemente no es el más.

    Sin entrar en detalles me limitaré en remarcar esos aspectos positivos:
    1) Watson como Bella.- Porque Bella es la primera princesa de Disney que antepone la razón a la atracción —lo del Síndrome de Estocolmo es derivada del paquete—. Y Emma, con su activismo, su porte y su calidad de persona ejemplar es el paralelismo perfecto.
    2) Evans como Gastón.- El actor tiene la desventaja de su humanidad y su carisma para alcanzar la figura pomposa de su contraparte animada. Sin embargo entiende su personalidad a la pefección y transmite esa esencia narcisista, retrógrado y onanista con total naturalidad quizás bajado de tono porque aquello de la corrección social y no puede ser un cretino misógino.
    3) La Dirección de Arte.- Las decoraciones, los interiores, los vestuarios son todos magníficamente bien elaborados. El problema es que quizás debido a la cantidad de detalle, es imposible pensar que tal opulencia alcanzara el tamaño de la animada y compacta un castillo encantado al nivel de una casa embrujada.

    Para poder disfrutar a plenitud la versión live-action es obligado vaciar la memoria, la papelera de reciclaje y las carpetas comprimidas a fin de eliminar las referencias. De lo contrario la enorme sombra del lápiz artístico no cesará en su persistente comezón.

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