Snowden. Big Brother en casa.


De alguna forma siento que la tradición narrativa hollywoodense se cierne poderosamente sobre esta cinta. Y con "tradición" me refiero al esquema narrativo y convencional con que son plasmadas estas películas. Aquellas donde un individuo con un intelecto notable descubre una verdad mortal en algún nivel, y con tal de destaparla, termina por sacrificar su propia existencia "en aras de un bien mayor". 

No es difícil seguirle la pisa en escalas: se presenta al protagonista, quien escala niveles corporativos gracias a su intelecto, poco después conoce a su chica, sigue escalando puestos, se le ofrece un proyecto que no puede rechazar, primer obstáculo, primera consecuencia, sigue escalando..., problemas con la chica; sigue escalando, amenazas, advertencia, gobierno encabritado, sigue escalando...; relación a pique, ¿problemas?; excusas, verdades a medias, publicando la mentira, ignominia, reconocimiento público, treta... No es un esquema nuevo, pero tampoco defrauda.

Por un lado, se agradece debido al tono ligero; por otro lado, resulta tedioso porque, en este asunto de las cintas "basadas en hechos reales", hay pocas cosas que realmente te impresionen como espectador. Si bien Joseph Gordon-Levitt cumple en su papel y destaca como la mente brillante que esperamos ver, notar a a la muy bonita y cara-de-drama Shailene Wodley, como la pareja del emprendedor informático, es una sorpresa, pues para mi se separa de su Tris de Divergente. El resto del elenco hace buena mancuerna con los personajes, quienes nos dejan en claro que jugar con el gobierno es muy arriesgado y que, si lo haces, aceptas de antemano las consecuencias. 

Gordon-Levitt, sinceramente, me convenció desde su participación como "Robin" en la trilogía gótica de Nolan, y aunque su personaje como un engreído mujeriego más que nada fue para pasar el rato, la verdad no me parece un actor que decepcione. 

La cinta, como es de esperar, deambula entre la ética cibernética y los peligros de jugar con la tecnología gubernamental, pero sobre todo, hace especial hincapié en la mirada pública hacia la sociedad y especialmente el gobierno. Como muchas otras cintas, la idea de poner noticieros con los presidentes reales es evidentemente un esfuerzo por sentar las bases dialécticas y, más todavía, por consolidar la polémica que la cinta ya trae de origen. No es algo sorprendente, pero le agrega realismo a una película que por momentos parece narrativa de verdadera ficción. 

Oliver Stone, quien dirigiera, entre un sinfín de películas, las dos entregas de Wall Street, que para mí gusto no salieron de la promesa de profundizar en la codicia, trae ahora una cinta que de fondo aborda la paranoia, y es que no es nueva la idea de la tecnología como método de invasión personal, pero aquí se le da un giro que sí resulta interesante. Después de todo, hablamos de un cineasta reconocido. Y tratándose de su elenco, podemos darle una oportunidad. 

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