Una Serie de Eventos Desafortunados: temporada 2.

Más infortunios, más acartonados.



Después de una primera temporada medianamente apegada al espíritu del cuento original, llega la segunda temporada/parte/entrega con mucho más fidelidad, pero un desapego a la construcción de los personajes, particularmente los Baudelaire. Lo que fuera la adaptación visual de un cuento centrado en la moraleja de que siempre hay espacio para la fortuna, por encima del pesar, es ahora una historia donde la exageración, la ridiculez, la comedia y un drama desmedido tienen lugar. Y si bien Neil Patrick Harris sigue siendo excepcional en su papel del Conde Olaf, también es cierto que muchas veces raya en lo profundamente absurdo.

Y es que, aunque es una temporada que goza de un guion con múltiples giros, no y soluciones creativas dentro del universo y reglas impuestas al inicio, se trata de la extensión de una propuesta que agotó, no su creatividad, sino la profundización psicológica en sus protagonistas, los huérfanos. Esto lo menciono porque hay muchos momentos en que ambos hermanos comparten diálogos y acciones de tal forma de que su psicología queda mezclada y no se deslindan adecuadamente. Problemas de esbozo o dirección que no terminan de cuajar rumbo al producto final, uno donde lidiamos con personajes capaces de hacerse amar/odiar a los pocos segundos de aparecer ante la cámara, lo que habla de un mejor trabajo de historia.

Sufrimos, reímos, lloramos y hasta volteamos la cabeza a otro lado para no ver lo ridículo de algunas escenas. Es preciso añadir, respecto de esta temporada, que el tono de la historia se ha vuelto oscuro al estilo de Tim Burton sin tomar prestada su faceta gótica, pues el diseño de producción y vestuario parecen sacadas de la mente de Roal Dahl, responsable de la apreciada Charlie y la Fábrica de Chocolate. Quizá sea esto lo más caricaturesco de la historia, que sumado a lo acartonado de las actuaciones principales, termina por dejar el brillo total en Olaf (Harris). Aunque no la disfruté enteramente, a juicio personal considero que Neil es un gran actor y personaje que elija, personaje que interpreta impecablemente.

Por último, la adaptación, curiosa paradoja, es completamente fiel al espíritu original, a esa sensación de que a los protagonistas los acecha la calamidad, el infortunio, la desgracia (también esto es minimizado, en beneficio de un público infantil que busca entretenerse y no traumarse), y por ese lado, el guion general cumple con creces su cometido, pero ya cuando debemos diferenciar a los protagonistas, o los escritores recurren a estereotipos, o parece que los bocetos fueron mezclados.

Y ante tanto descalabro y tan mal dibujos psicológicos, con algunos episodios flojos previos, el final del episodio cuatro es, a mi gusto, el mejor momento dramático de toda la historia, que luego decae nuevamente en su ritmo y calidad, pero gracias a los últimos segundos del clímax general, puede que haya esperanza aún. ¿Pueden las cosas siempre empeorar? R. Temporada 3.

Oh, please no... 

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