Malasaña 32






No prevenir... es lamentar.









Por Ed SQ.


Malasaña 32 no es una película muy distinta de otras en el género del terror, aunque si algo puedo ameritarle, en primera instancia, es su contexto: una época de Transición. La manera de contar su historia obedece mucho a un momento histórico español, enmarcado en un escenario en que las oportunidades escasean y, por lo mismo, es preciso buscar nuevos horizontes o, en definitiva, crearlos. A veces la vida es así y Malasaña 32 da cuenta de ello. Entonces, ¿por qué hablar de ella?


 

Lo que yo veo en esta película es la siguiente propuesta: protagonistas que, buscando escapar de la mala suerte, se sumergen en un entorno que pronto entenderán no es el más adecuado para continuar su vida y que, incluso con todo lo que han vivido, no es mejor que la antigua vida que han dejado atrás. No obstante, Malasaña 32 muestra algo más, un mal que nace de algo que si bien no es del todo “cotidiano” tampoco se trata de algo puramente demoníaco, pero sí apelando a un asunto de corte religioso que sigue teniendo eco en el presente, incluso a nivel científico: el incesto.  



Claro que, como toda historia, la trama es contada “al revés” y entre sustos y “clichés” (en cómo los presentan) avanzo rumbo al misterio de qué fue lo que pasó y por qué la hija mayor adolescente es la que parece tener más conexión con este misterioso mal. Una vez que el misterio es resuelto, el final —con un giro lamentable que no me esperé, francamente— llega y pues con más sorpresas de las anticipadas. 

Algo que particularmente me gustó de Malasaña 32 es su tratamiento de las dimensiones y de la certeza de que mucho escapa a la vista, por lo tanto, estamos más cerca de lo intangible; o mejor dicho, lo intangible nos rodea y lo espiritual podría ser una alegoría de lo no resuelto, lo “no terminado”. 



La producción es buena y los protagonistas creíbles, aunque no veo que el guion escape a algunas exageraciones, es un buen producto que suelta, en dos ocasiones, inteligentes dosis de humor. Otro acierto efectivo es el criterio que el director Albert Pintó emplea para jugar con los espacios, luces y sombras, recreando una tétrica, absorbente y poderosa atmósfera que juega bien con mis miedos. Eso garantiza que me sumerja en la propuesta y que tema por los protagonistas. Sumado a lo poderoso del sub-contexto (un empleo mal pagado, pocas ventas, un banco intransigente con los préstamos, defectos en el inmueble, etc.) que incrementa la tensión y la latente idea de que algo extraño sucede. Si a eso le añado los elementos que deben acompañar al producto (el abuelo taciturno y errático, vendedores escépticos, vecinos estrafalarios), pues tengo todo lo necesario en esta película.  


No hay comentarios.:

Publicar un comentario