El Campamento de mi vida (A Week Away)


 



El Wanna Be "High School Musical" de Netflix es un relato entretenido, aunque bastante soso, que no se sostiene o justifica por fallar en lo importante: desarrollo de historia y personajes. 








Por EdSQ

Primero que nada, no me considero particularmente “generación Disney” aun cuando consumo su oferta y lleno mi plataforma de opiniones sobre lo que la Casa del Ratón cosecha. Segundo, confieso que sí llegué a ver las dos primeras entregas de High School Musical, no atendiendo a la tercera entrega ni mucho menos a su posterior versión mexicana. De esa “franquicia” las promesas (aún vigentes) son Zack Efron y, tal vez, Vanessa Hudgens.

 


¿A qué voy con esto? Que me da la fuerte impresión de que A Week Away es la versión “netflixiana” de la veterana historia de Disney. Tenemos a un personaje “fuera” del agua que llega a un entorno. Su vida, matizada por previas experiencias (positivas o negativas), coloca a este personaje en “jaque” en su nuevo mundo, al que debe adaptarse al mismo tiempo que le corroen las dudas sobre si está o no en el lugar correcto. Para empañar más las cosas (o complicarlas más, pues), al ser pez fuera del agua titubea y tarde o temprano se vuelve el foco de atención en su “nuevo mundo”. Para rematar el factor Disney, se enamora. 

Esta es la definición de la primera parte de High School Musical, dime si no… Correcto. Hasta aquí la narrativa no cambia entre la cinta de Disney y la de Netflix (porque además ambas películas son musicales —y ambas se defienden bien en ese apartado—). La primera diferencia (no aportación, ojo) radica en que A Week Away es protagonizada por un chico, un adolescente. Inteligente, carismático y atractivo.
 


A base de diálogos, no acciones (primer indicio de pobreza en el guion o falta de presupuesto en el proyecto, yo qué sé…) me entero que sus papás fallecieron, y a raíz de la ausencia de personas que lo guíen y eduquen, tiene conflicto con la autoridad, la vida y todo su entorno; no encaja en ningún lado; se siente perdido. Es cuando el encargado de velar por su bienestar decide mandarlo a un ¿campamento cristiano para ver si recupera su fe en la vida? De acuerdo… 

De camino al lugar donde su vida cambiará, escucha montón de canciones y coreografías que, honestamente, son divertidas y pegajosas, pero al igual que el protagonista, Will Hawkings (acertado Kevin Quinn), me quedo con cara de “Ok, pasemos a lo que sigue”. Llega al campamento titular y, cinco segundos después, en medio de más coreografías (bien orquestadas, por cierto) y letras de ensoñación pueril, se enamora. No sabe quién es. Sólo sabe que está cautivado y de repente fingir que todo eso a lo que ha ido a hacer tiene sentido, busca conocer a esta chica que le ha robado el corazón. Ok. Mucha palabrería. Diálogos aparte, movimientos de cámara aquí y allá al servicio del espectáculo musical, conozco a los “antagonistas” con fuerte presencia en la historia y, rápidamente, el guion me conduce a los intereses amorosos de varios personajes y descubro que Will NO quiere que nadie sepa quién es realmente él. Y es entendible; su “turbio” pasado desentona con el entorno al que ha llegado. 



Para colmo, enamorado de una “niña bien”, debe conocerla y conquistar su corazón. Sé de antemano que lo va a lograr porque… es un musical con esperanza a la Disney… El problema recae en todos los aspectos del guion: la conquista, la pertenencia, el proceso de crecimiento. NADA, absolutamente NADA de esto está justificado. Y, ¿cómo esperarlo en una película con menos de una hora y media de duración? El film está acotado a momentos puntuales y en ningún instante veo que Will tenga problemas o retos para enamorar a Avery (Bailee Madison). Se ven seguido, conviven seguido, nadie (literalmente) se interpone. Entonces, el conflicto recae en ocultar su identidad, un conflicto que no sostiene una película entera y, por lo mismo, todo termina temprano.

Y cuando la verdad sale a la luz… pues me parece anticlimático. Forzado. En la película hay repartidas cuatro o cinco canciones y como cinco actividades distintas, algunas competencias, un “antagonista” con nulo pozo dramático, NULA motivación y MUCHOS personajes de relleno. Por eso, cuando llego al final, con el protagonista y su recién “novia” conquistada, lazo fraternal [inverosímil, ridículo y paradójico] con el antagonista (cuando veas la película, entenderás a qué me refiero), todo me sabe artificial porque no veo una curva dramática, una ascensión narrativa. ¡Nada! Todo está ahí… porque debe estar, no porque haya sido natural (caso contrario a la versión de Disney). 

 Creo que me guardaré con Netflix la esperanza sobre las películas. Definitivamente. 


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